domingo, 28 de noviembre de 2010

Echaremos de menos el olor a camello...

16 de Noviembre
Pushkar

Los cantos de los rituales sagrados entonados por los miles de peregrinos bañándose en el lago sagrado me despertaron esa mañana. Tengo que reconocer que la vista desde la habitación es sublime, y además es como si fuera la ventana indiscreta, que ves y no te ven. Una lástima que esté lo suficientemente lejos para que mi zoom no tenga buen alcance.

Mónica en desde el balcón de la habitación

Un merecido desayuno en el Out of the Blue nos llenó de energía de nuevo. Lo malo fue el detalle que tuvo el encargado. Pedí un tazón de gachas a uno de los camareros que desapareció misteriosamente lo que propició que el encargado no supiera de quién eran las gachas que acababan de traer de cocina. Menos mal que por su situación en la mesa Mónica pudo ver cómo, al no encontrar dueño, el encargado se llevó el tazón amarillo de gachas a un rincón y se metió un par de cucharadas en la boca. Yo volví a reclamar mis gachas y el tipo intentó encasquetarme las que él ya había catado, pero saltamos las dos cual tigresas de bengala. Con el rabito entre las piernas volvió con un nuevo tazón de gachas, de color azul para que no hubiera confusión, cinco minutos más tarde.


En el programa figuraba “danza de camello” y “danza de caballo” como parte de los festejos de la mañana. Lo que se dice puntuales no fueron, porque nos dio tiempo hasta para aburrirnos. Yo me dí otra vuelta por donde acampaban los camelleros y cowboys sorteando arroyos de mierda y meado, terminando mi paseo en solitario por la zona de la noria. Los gritos de nervios de la gente provocados, intuyo, por la adrenalina, me hicieron mirar para arriba, y pude ver la velocidad que llevaba ésta, y lo oxidado e inseguro que me pareció todo. A mi juicio, esta noria se semejaba más a una ruleta rusa que a una atracción de feria.

algo que se mezcla y que se come

sistema de megafonía

probando un caballo antes de su compra

miedo...

Llegué justo a tiempo para cuando empezó el espectáculo de la danza de camello y, o yo me he vuelto demasiado exigente en espectáculos, o aquello era otra insípida actuación. Tanto fue así que cuando terminó el primer camello decidimos no esperar al baile del caballo, porque nosotras, de la tierra del toro, el jerez y el caballo, consideramos que pasear entre el gentío iba a ser mucho más productivo.


Una hora más o menos vagamos por las calles de Pushkar. Fue suficiente, había demasiada masa humana y animal y nosotras todo lo que buscábamos era un resquicio de paz. A esto he de añadir que no me quedé muy tranquila después de enterarme que hacía dos años hubo un ataque suicida entre la multitud que asistía a la feria y que este era el primer año que ya se estaba apagando el miedo de los turistas. 
detalle de menú de restaurante


devotos saliendo del templo de Brahma


mercado

-¿Nos vamos a un sitio tranquilo a pasar el resto del día?- por supuesto. Y fue cuando encontramos al otro lado del lago, en el lado tranquilo, un escondite llamado Oh Shiva con un magnífico jardín, mejores pizzas y un atento personal que nos aguantó las más de tres horas en que nos refugiamos allí e hice uso de su corriente para el ordenador. 

Cómo es esta gente. Al salir del baño e ir a lavarme las manos me sorprendió gratamente la presencia de una pastilla de jabón, tan esquiva como la del papel higiénico. Pero no salí de mi asombro cuando descubrí que la pastilla estaba concienzudamente atada al grifo, no ser que se fuera a dar un paseo…
La vergüenza pudo con nosotras y trasladamos nuestro cuartel general a otro restaurante con magníficas vistas del lago cuyo nombre era Sunset View. Era evidente que allí podríamos haber visto la prometida puesta de sol si no nos hubiera llovido. 

la apresada pastilla de jabón

restaurante Om Shanti

Nuestro amable amigo Rhavi, del hotel, nos permitió darnos una ducha antes de colgarnos las mochilas para enfrentarnos de nuevo a otra noche en el coche cama con destino a Delhi. Eso si conseguíamos plaza, claro, porque nos encontrábamos en lista de espera, pero el número uno y el número dos. 

Tuvimos suerte y si que la conseguimos, pero a un caro precio. Mónica tuvo que soportar a una dichararachera familia en su compartimento y a mí me tocó en la claustrofóbica y estrecha litera individual del lateral de arriba, más conocido como el ataúd. Otra vez…………………

No sabía si podría soportar Delhi al día siguiente. 

Esta parada no era más que un intento de quitarnos el día de turisteo de la capital mientras que esperábamos el tren nocturno con dirección Varanasi.

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