domingo, 28 de noviembre de 2010

En la ciudad del río sagrado, Varanasi ( o Benarés)


18 Noviembre
Varanasi
Vale, ahora no fue la litera sino la tos que me salía del pecho la que no me dejó dormir durante el trayecto. Estaba enferma y ya era un hecho.
A las 12:30, con sólo una hora de retraso, llegamos a Mhugal Sarai con pocas ganas de torear conductores de rickshaw. Esta vez se unió a nosotras Bárbara, una checa recién llegadita que estaba encantada, en “happy flower mode”  y todo le venía bien. 
vida en las vías del tren
Presenció nuestra teatral agresividad con los conductores de taxi hasta que conseguimos un acuerdo con uno de ellos, el cual, una vez montados en el coche, nos dijo que no podría llegar hasta la puerta de la estación de trenes de Varanasi (nuestro punto de encuentro con el chófer del hotel) y que nos dejaría a medio kilómetro de la  misma, a lo que inmediatamente nos negamos exigiendo de inmediato que nos devolviera las mochilas una vez fuera del taxi. Yo creo que esa ocasión el pobre hombre no estaba intentando timarnos, sino que realmente habría alguna razón por la cual no podría adentrarse, pero como ya he comentado, no estábamos con ganas. 
Masas de moscardones reencarnados en conductores de rickshaws, ciclorickshaws y taxis nos revolotearon hasta que uno de ellos ya se estaba pasando y comenzó a ponerse desagradable. A la que comenzó a levantar la voz a Mónica, me salió del alma del leo que llevo dentro un rugido que lo paralizó y desapareció en el acto. No tenía cuerpo. Me dolía la cabeza.
La opción a tanta pegajosidad fue el atestado autobús local, a unos metros de la estación de tren. Eso fue otro show. A mí me cedieron el sitio, y tanto a Mónica como a Bárbara las sentaron encima del motor junto al conductor. El número de asientos multiplicado por dos ojos cada uno es el total de ojos que nos analizaron durante la casi hora que duró el trayecto. Pero una gente encantadora, eso sí. 
si me agarro en el bús creo que no me despegaría jamás

en el bús camino a Varanasi. Foto: Mónica Domínguez
Ya en la estación de trenes de Varanasi, haciendo tiempo hasta que llegó el conductor de rickshaw que nos enviaron del hotel, estuvimos absorbiendo toda la información que pudimos del pozo de sabiduría que estaba sentado tras el mostrador de la oficina de turismo, señor cuyo nombre hace referencia incluso la guía, tal y como él nos hizo saber (y buscar). Nos dejó un poco preocupadas la cantidad de veces que dijo “no habléis con nadie” “no aceptéis nada que os ofrezcan”. Si a la reputación de Varanasi de  caótica y plagada de timadores que nos han comentado otros viajeros encima nos añaden esto, creo que nuestra intención era pasar por Varanasi lo más rápidamente posible.
Media hora de trayecto en rickshaw hasta la entrada del laberinto de callejuelas que protege la orilla del Ganges y nuestro hombre se bajó para guiarnos hasta el hotel. Luego primera a la izquierda, segunda izquierda, luego derecha, izquierda otra vez y así hasta unos 15 o 20 giros. Imposible de recordar sin ayuda de un carrete de hilo o de migas de pan. Bueno, éstas últimas no funcionarían puesto que las abduciría la mierda sagrada de vaca.
¡Por fin, el Ganges! Más de 15 minutos con la mochilas y ahora tocaba bajar no sé cuántos escalones para volver a subir el doble. Por la cantidad de suciedad que vimos por el camino nos imaginábamos lo peor del hotel situado en la orilla, pero por una vez, nos sorprendió el que se ha convertido en el hotel más limpio desde nuestra llegada a la India después del de Jaipur. Scindia Guest house hacía honor al ghat (escalones sagrados a la orilla del río) Scindia, cuyo templo se derrumbó y ahora se encuentra hundido a 16 metros de profundidad.
primera vista del Ganges
Nos asomamos al balcón de nuestra habitación de 750 rupias todavía sin aliento tras subir la infinidad de escalones de medio metro que llevaban hasta la tercera planta. La vista no podía ser mejor. Ante nosotras se encontraba el río más sagrado del mundo, el Ganges, donde a escasos metros de nosotras incineraban a muertos, más adelante lavaban la ropa o se bañaban para finalmente lavarse los dientes o darle un sorbo sagrado a las marrones aguas. Todo tenía cabida en sus aguas. Todo pasa en el Ganges. 
turistas desde los barcos presenciando Aarti
en el barquito

Una vez que dejó de llover nos dio tiempo, mientras que anochecía , de hacer una travesía en barca por el río para ver la actividad desde el agua y especialmente para ver, junto a los cientos de turistas en sus respectivas barcas y miles desde las gradas, la ceremonia del aarti, ritual que se realiza todas las tardes sobre las 6-6.30 y que consiste en una ofrenda o “puja” al Ganga desde el ghat más famoso donde cinco hombres santos vacían sus pulmones en extrañas caracolas, agitan convulsivamente campanas y ofrecen una especie de danza ritual con lámparas de fuego. Interesante, pero con un rato me sirvió, pues lo encontré un poco monótono.
vista desde la habitación



Ceremonia Aarti
De vuelta a “casa” cenamos en el restaurante de la terraza del hotel con magníficas vistas nocturnas de la ciudad y caímos redondas en las camas, no sin antes verificar que estaban todas las puertas y ventanas bien cerradas  ante el alto riesgo de que entraran los monos que andan por todos sitios.

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