17 de Noviembre
Delhi- Borroso día en Delhi
7:25 am. Estación de Delhi. No podía con mi cuerpo. El día era gris y yo había pasado una mala noche.
Agarrotada aún por la posición adoptada al intentar dormir en el ataúd, cargué mochila al hombro y fuimos en busca de la consigna para soltar al muerto e ir más ligeras en nuestra visita exprés a Delhi. La gracia la tuvo que después de guardar cola durante un cuarto de hora y a dos turnos de que nos tocara, los eficientes funcionarios de la consigna cerraron media hora para su descanso y nos tuvieron ahí a nosotras y a otras cien personas para la hora que volvieron a abrir. Me imagino que no han oído hablar de trabajar por turnos. Quizá alguien debería comentar tan fantástico sistema.
Ya sin el peso de las mochilas, y después acudir a una taquilla de rickshaws de prepago supervisada por la policía, sistema a través del cual el conductor recibe al llegar a destino por parte del cliente el justificante de pago que posteriormente canjeará por efectivo, pusimos rumbo a el Fuerte Rojo, creo parte de la Unesco y única visita en la cual estábamos realmente interesadas.
De repente, el conductor se detuvo y, alegando que había una manifestación y que la calle estaba cortada, nos insistió en que nos bajáramos del rickshaw y nos fuéramos andando el medio kilómetro que quedaba. Pero ya andábamos nosotras encabronadas y no solamente declinamos su propuesta, sino que montamos un pequeño pollo. El tipo se dio por aludido y fue a preguntar al policía me imagino que o atajo, o tiempo hasta que se abriera de nuevo la calle porque volvió y, con cara de pocos amigos, nos dijo que en 5 minutos seguiría podríamos pasar.
La tal manifestación no fue más que miles de musulmanes, todos hombres y vestidos de blanco, que habían salido de orar de la mayor mezquita de la India en éste el 17 de Noviembre, día festivo musulmán. Días más tarde me enteré que habían estado sacrificando cabras. Menos mal que no lo vimos. Fue una sensación demasiado incómoda el estar rodeada de tanto hombre que mira pero pasó pronto.
Para desayunar/comer esperamos unos 10 minutos ante la puerta de mi oasis gastronómico con garantía de “chili free”. Mac Donalds. De verdad, es una gran frustración para mí estar en un país con una cultura gastronómica tan rica y no poder disfrutarla mientras que patéticamente sueño con un Mc Chicken. Me duele hasta reconocerlo.
El Fuerte Rojo, además de estar atestado de turistas (los extranjeros los menos, los locales de provincias de Rajastán y de Gurajat y los musulmanes en su día festivo) no nos proporcionó nada. Fue una pequeña decepción teniendo en cuenta que era parte de Unesco, pero después de haber visto lo visto por Rajastán, es muy difícil superarlo. También hay que decir que el día acompañó bien poco por la insistente lluvia y porque algo le estaba pasando a mi cuerpo que no andaba yo muy fina.
| en la puerta del Fuerte Rojo. Foto: Mónica Domínguez |
| andamio local |
| no es una procesión, son los turistas |
| descansando en los jardines del Fuerte Rojo |
| Fuerte Rojo |
| arcada del Fuerte Rojo |
| detalle de puerta |
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| detalle de ventana |
El resto del día decidimos hacer de nuevo la del avestruz y esconder las cabecitas en agujeros secos, para lo que nos aventuramos en experimentar el metro de Delhi y dirigirnos a la zona pija de Donahgg Circle.
| moderno metro de Delhi.Foto: Mónica Domínguez |
En el primer sitio donde estuvimos, una franquicia de una cafetería tipo Starbucks, presenciamos un altercado cuanto menos entretenido. Al entrar no hizo falta que nos esforzáramos en desviar nuestra atención hacia un par de señoras de unos 65-70 años , definitivamente extranjeras , pero ataviadas con unos vestidos y unas joyas como si hubieran salido del túnel del tiempo procedentes de la época colonial y fueran esposas de marajás.
Hablaban un idioma que no pude reconocer, pero definitivamente no era nada que pudiera identificar fácilmente si bien seguro que era de algún país del este de Europa o incluso ruso. En un momento dado comenzó la más enjoyada a levantarle la voz a uno de los camareros, luego a otro y finalmente a la chica del personal que faltaba. La falta de respeto y de educación de esta señorona era impresionante, escupiendo cosas como: “deberías de estar en la calle” o “sois unos maleducados y unos ladrones”. Menos mal que los chicos, mantuvieron la calma y la profesionalidad ante la situación y la tomaron más bien como una chiflada.
Tras unos cinco minutos de marear la perdiz, la señora escribió algo detrás de factura, soltó dinero y se fue con sus joyas a otra parte mientras amenazaba a los chavales de la cafetería de llevar la queja a sus superiores y hacer que perdieran su trabajo. Una vez que hubieron salido, le preguntamos a la chica el por qué del enfado de la señora y fue que un botellín de agua que pidió costaba en la carta unas 2 rupias menos de lo que se le había cobrado, puesto que figuraba sin impuestos y ella decía que los chicos intentaban estafarla. Quiero aquí aclarar que dos rupias es el equivalente a 0,3 céntimos de euro. En la parte trasera de la factura había escrito un montón de palabrería desprestigiando a los chavales dirigida a su jefe y había firmado como su “Divina Altísima nosequé de nosequé Marajá de nosequé. “ Para echarla de comer aparte a su alteza…
Ante lo divertido de la situación, me ofrecí gustosamente a escribir otra misiva al superior de los chavales como testigo de lo que allí había ocurrido, y así nos ganamos el ocupar una mesa y un enchufe para el ordenador durante las siguientes tres horas.
Y yo me seguía encontrando cada vez peor. Pienso que entre el aire acondicionado del tren, el aire acondicionado de la cafetería y cualquier otro bicho que me hubiera poseído, mi sistema inmunológico se vino abajo como yo en días de lluvia. Pudiera ser que llegara a tener algunas décimas.
La última parada de este horrible día fue otras dos horas en otro establecimiento de la zona adinerada. De ahí nos fuimos directamente a la estación de tren para chequear que nos habían confirmado los asientos, puesto que volvíamos a estar en lista de espera número uno y dos de la lista.
En circunstancias normales hubiera sido muy fácil que dos personas cancelaran billete, pero al haberlo reservado en primera clase y las plazas ofrecidas en esta clase ser tan pocas (era un viaje de más de doce horas, y no nos apetecían ni flatulencias desconocidas ni ruidosos locales, queríamos simplemente descansar), nuestro gozo fue a parar al pozo al no encontrar nuestros nombres en el ordenador el funcionario venta de billetes para turistas situada en la primera planta de la estación. La opción que nos quedó fue la de coger un tren a las 23:30 de la noche con destino a Mhugal Sarai, a 18 km de Varanasi, y una viajaría en segunda clase y la otra en tercera. Obviamente, no podía ser tan fácil y había que ir a otra estación de tren.
Yo me sentía al borde de la explosión. Cabreo, frustración, cansancio, malestar general… todo. Y los coches pitando, e inhalando el veneno que anda colgado del aire de la capital, y sorteando a los insistentes conductores de rickshaw. Definitivamente quería que acabara el día cuanto antes.
Asumiendo que eso era lo que iba a pasar tarde o temprano, entramos en el coche cama de segunda clase (plaza que me había cedido Mónica y se lo agradecí eternamente) esperando a conseguir un “upgrading” de la cama de tercera clase una vez que le hicimos ojitos al revisor. Por el módico precio de 300 rupias las dos pudimos dormir, aunque separadas, en la misma clase y en el mismo coche cama, pero esta vez le tocó el ataúd a la pobre Mónica y a mí la ruidosa familia local.

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