20 Noviembre
Varanasi-Kahurajo
La alarma sonó a las 5.30 am. Pero los chillidos de los monos a las puertas de nuestra habitación sonaron mucho más temprano y con mucha más intensidad, lo que nos hizo pegar un bote de la cama y soñar con ataques de simios en nuestro duermevela posterior.
Puntuales, a las 6.00 salimos en la barquita con el mismo chavalito del primer día, Rhavi, para nuestra última actividad en la ciudad sagrada, el inevitable crucerito para ver en primera fila las innumerables escenas que se desarrollan en los escalones a tan temprana hora de la mañana. Bueno, tuvimos que volver al embarcadero a recoger a otros cuatro guiris, lo cual retrasó nuestra salida, algo no muy bueno porque teníamos que coger un vuelo a las 11.15 y nos aconsejaron salir a las 8-8.30 del hotel para llegar a tiempo. Y había que desayunar…
Meditadores, velas encendidas arrastradas por la corriente, vacas desperezándose, incineraciones, frotamientos con jabón, rituales acuáticos, lavanderos de sábanas, niños jugando al cricket en los incómodos escalones, vendedores de flores para la ofrenda , o simplemente observadores mañaneros. Eso es el Ganges. Es algo realmente mágico y no hay que perdérselo.
| el barquero Rahvi |
Era tarde. Era muy tarde. No nos podíamos creer que el único vuelo que teníamos en todo el viaje lo fuéramos a perder. El paseíto en barca se alargó más de la cuenta lo que hizo que tuviéramos que desayunar con una velocidad inversamente proporcional a la que nos fue servido el desayuno. Es decir, a toda leche.
Para el trayecto de unos 25 km hasta el nuevo aeropuerto de Varanasi nos tocó el que seguramente está más colgado de todos los conductores de todo Benarés. El hombre, no sabemos si por nervios porque no llegábamos o simplemente porque era así, intentaba calmarnos con unas risas propias de Jack Nickolson en “El Resplandor”. Eso cuando no iba cantando como si de un tirolés se tratara.
Por fín vimos el edificio del aeropuerto y miramos el reloj. Las 10.20. Bien, prueba superada. Habiendo agradecido a nuestro sombrerero loco sus servicios, pagado las 150 rupias de tasas por estar dentro del aeropuerto, haber facturado las maletas y comido una barrita de Snickers, disfrutamos del corto vuelo de 40 minutos a Kahuraho en un avión de la compañía Kingfisher, una de las más atentas con las que haya viajado jamás. Altamente recomendada.
Se nos hizo tan extraño el estar en otra ciudad sin tener que viajar durante horas y horas que nos costó asumirlo.
Primero buscamos hotel. Cuatrocientas rupias accedimos a pagar por una bastante cutre habitación del hotel Zen, en la calle principal de Kahurajo.
Luego decidimos ir del tirón a visitar los templos de Kahurajo, patrimonio de la humanidad, y famosos por sus tallas en piedra de figuras de amantes representando posiciones del Kama Sutra. Hay tres grupos de templos: los del oeste y más importantes que dejaríamos para el día siguiente; y los del sur y este que visitaríamos esa tarde previo pago al conductor de rickshaw de 200 rupias por echar la tarde con nosotras.
Impresionantes. Majestuosos. Precisos y preciosos. Ruborizantes. No puedo decir más.
| Khajuraho |
En el primero que visitamos , el templo Javari, hicimos de primas al picar ante la insistencia del “guardián” del templo en enseñarnos con su espejito a modo de puntero las diferentes representaciones y esculturas. Antes de que se nos pegara le repetimos por lo menos una decena de veces que no necesitábamos guía y diez veces que nos dijo que era sólo el guardián.
Nos pareció algo sospechosa su fijación en enseñarnos sólo las representaciones eróticas al mismo tiempo que bajaba el tono de voz mientras nos decía “Kama Sutra, ¿do you like it? Luego quiso hacerse una foto con nosotras y a Mónica la agarró con ganas para posar. La sensación que nos dio fue que el señor lleva demasiado tiempo viendo las esculturas y anda de salido por la vida.
| interior templo |
| Mónica y el guardián salido |
Para rematarlo, echó serpientes por la boca en sánscrito cuando nos negamos en rotundo a soltarle rupias tal y como nos pidió. Este tipo de cosas es lo que rompe el encantamiento de la India.
La ronda siguió con los templos de Vanama, Shantinath, Parshwanath, Adinath, Duladeo y Chaturbhuja, todos con sus respectivos “guardianes” solícitos. Obviamente, no tropezamos dos veces con la misma piedra por mucho insistieran.
Para la cena buscamos un restaurante recomendado llamado Raja Café que, aparte de volver a servirme comida con chili aunque alegué ser alérgica, tenía unas fantásticas vistas a los templos a escasos minutos del hotel.
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